He aquí la nota:
Pinamar: quieren echarlos, pero hay aprietes
y extorsiones
Un problema de cada temporada
Cobran hasta $100 pesos por auto. El
nuevo intendente lo prohibió y dice que quisieron pegarle. Para dejar la
ciudad, le exigen $ 15 mil por cabeza.
Los cuidacoches, un
problema en Pinamar. (Marcelo Carroll)
·
Hasta la
semana pasada, no había forma de estacionar el auto en Pinamar sin que un
“trapito” se acercara trotando y anunciara su tarifa: 20 pesos de día, 50 y
hasta 100 pesos de noche. Pero el último lunes entró en vigencia una ordenanza
municipal que sólo permite cobrar por cuidar coches a los que viven en Pinamar
hace al menos dos años, lo que dejó fuera del negocio a siete de cada 10
cuidacoches. Los “echados” no sólo fueron a reclamar al municipio y a exigir
dinero para volverse a sus provincias. También creció la disputa territorial
entre los trapitos locales y los que vienen sólo por la temporada: los locales
dicen que “si no se paran de manos” les roban los mejores lugares y que,
además, extorsionan a los turistas.
La
ordenanza que el intendente Martín Yeza llamó en un tuit “anti trapitos” dice
que sólo pueden trabajar cuidando coches los residentes de Pinamar (con dos
años de antigüedad) que, además, sean mayores de 18 años. Para ponerla en
marcha, crearon un registro, que ya está en manos de la Policía local, con la
lista de las personas autorizadas.
Se calcula
que hay al menos 100 personas, franela en mano, cuidando coches en Pinamar. En
una semana, 67 se acercaron al municipio a tramitar el permiso. Sólo 32
cumplieron con los requisitos y hoy recibirán una credencial que deberán tener
a la vista.
Es la hora
de la cena y Claudia acomoda coches sobre la avenida Bunge. “Es a voluntad”,
contesta cuando los turistas le preguntan, de mala gana, “cuánto”. “Si le decís
a la gente un precio llaman al 911 y la Policía te viene a sacar. Y si le
querés cobrar ahí mismo y no cuando vuelven de comer, también”. Claudia es
residente de Pinamar, trabaja de 18 a 3 de la madrugada y gana entre 300 y 400
pesos diarios. Sin embargo, la mayoría de los trapitos no son locales: vinieron
desde Tucumán y Santiago del Estero.
“A
principios de diciembre detectamos que habían llegado en masa de otras
provincias, como grupos organizados. Además, la gente se quejaba y se generaban
situaciones de violencia”, explica Matías Yeannes, secretario de Seguridad
municipal. Dice, además, que desde que empezaron los operativos de control
detuvieron a cuatro personas con pedidos de captura activos.
El
problema es que la prohibición de seguir trabajando como trapitos no fue tomada
con calma por algunos de ellos. Según Yeza, el jueves pasado lo fueron a buscar
para pegarle. Eso “porque dejamos afuera a los que vienen en temporada a modo
de mafia”, dice. El punto cúlmine de la disputa fue el sábado, cuando empezó a
circular un video en el que Carlos, uno de los trapitos tucumanos, exige al
municipio “un subsidio de 15.000 pesos para todos los cuidacoches que él ha
dejado en la calle”. El municipio se los negó. Algunos decidieron irse, “pero
hay otros que, cuando la Policía los saca, se van y vuelven más tarde, o se van
cambiando de lugar”, dice Yeannes.
Los
“trapitos en lucha” dicen que el año pasado los dejaban trabajar “tranquilos”.
“¿Y ahora? Un boleto para volvernos a Tucumán vale como 2.000 pesos, ¿quién nos
paga eso? Nosotros no venimos a robar, necesitamos trabajar”, dice uno de ellos
a Clarín. Su plan era quedarse hasta marzo (dicen que el gobierno de Tucumán
les pagó el pasaje, vinieron con sus hijos y acá pagan 2.000 mensuales de
alquiler): algunos venden churros en la playa, otros cuidan coches. Pero ahora,
también para vender en la playa les exigen tres años de residencia.
A esa pelea se suma otra: los cuidacoches locales mantienen una disputa
con los que no son de acá. “Si no te parás de manos te sacan el lugar donde vos
laburás. Y ellos además, les dicen a la gente cuánto quieren, hasta 100 pesos
les piden, según la chata, la cara”, dice Juan Pablo Areal, en la puerta de un
parador de playa. Opina y se va sonriente, revoleando su franela naranja. El sí
podrá seguir trabajando. Vive acá desde hace 43 años.
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